Ferguson y el Movimiento Negro

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Igual que el amo de aquellos tiempos usaba a Tom -al negro doméstico- para mantener a raya a los negros del campo, el mismo viejo amo tiene hoy a negros que no son más que tíos Tom modernos, tíos Tom del Siglo XX, para mantenernos a raya a ti y a mí, para tenernos controlados, mantenernos pasivos, pacíficos, no violentos.

Malcolm X

Sólo por medio del derrocamiento de la dominación reaccionaria de la clase capitalista monopolista de EE.UU y la destrucción del sistema colonialista e imperialista puede el pueblo negro en los Estados Unidos conseguir la emancipación completa.

Mao Tse-Tung

Lenin hablaba acertadamente del imperialismo como capitalismo agonizante, y Ferguson nos lo ha demostrado una vez más. La explosiva situación que viven los oprimidos en los suburbios proletarios estadounidenses ha precipitado una irradiación violenta de su condición de explotados. En el estadio de crisis crónica del capitalismo, esto es, el imperialismo, las condiciones objetivas para el desencadenamiento de la oleada revolucionaria que tenga como único horizonte la emancipación de la humanidad no pueden más que intensificarse de manera constante, como demuestra una y otra vez la realidad empírica. Naturalmente, el proletariado profundo, ante la eternización de aquel carácter agónico que no puede terminar de fallecer sino a condición del proceso revolucionario iniciado con la constitución de la subjetividad consciente (el proletariado revolucionario), responde de manera esporádica a sus crueles condiciones de existencia.

La violencia indiscriminada ha sido el dictamen de las masas proletarias en las calles del suburbio afroamericano de Ferguson. Una vez más, hemos visto cómo la rabia desenfrenada ha ocasionado el saqueo de decenas de empresas, las llamas e incluso los disparos en un pequeño barrio de uno de los grandes bastiones del imperialismo. La decisión por parte de la Fiscalía de dejar impune al policía que asesinó al joven negro de 18 años, Michael Brown, a principios de agosto, ha reavivado la revuelta espontánea de las masas oprimidas. Y es que los comunistas sabemos que no podemos esperar, ni esperamos, otra resolución por parte de la magistratura imperialista, a no ser que sea para tratar de lavar su cara coagulada. No lo esperamos de los mismos funcionarios de la barbarie que se encargan de ajustar los visibles grilletes de los ya condenados a la esclavitud asalariada y de hacinarles en la oscuridad de sus calabozos.

En los últimos meses, el pueblo afroamericano de Estados Unidos ha tenido que ver, una vez más a lo largo de su historia, cómo los agentes guardianes del orden burgués, haciendo gala de la brutalidad policial que parece estar inscrita en su placa, se cobraban la vida de tantos negros más sin importar la edad (1), y de cómo sus manifestaciones -en su gran mayoría pacíficas- eran respondidas con gases lacrimógenos y balas de goma. Y es que el imperialismo se ha manifestado en esta ocasión en su faceta racista. Ésta no es más que uno de los trajes de los que se puede revestir, pero que sin duda afecta de manera sangrante al proletariado. Y cuando hablamos de proletariado lo hacemos del proletariado concreto, en sus múltiples relaciones sociales por las que es atravesado, y por las manifestaciones particulares que se presentan en cada marco capitalista, más allá de la relación obrero/patrón que utilizan los revisionistas, ya denunciada por Marx cuando decía que la burguesía no veía en el proletariado más que al obrero. Con esto queremos dejar claro nuestro rechazo a la absolutización que se desprende, tanto de la propaganda mediática como de aquellos elementos que siguen desplazando la ideología proletaria hacia el pensamiento burgués, cuando sustantivizan la problemática “de raza” a la totalidad social determinante, la clase, con lo que pretenden segregar más aún al proletariado en un sinfín de particularidades (ya sean de género, de nacionalidad,..), todas ellas vanguardizadas, por supuesto, que impiden reconfigurar la única concepción del mundo capaz de poder revolucionar el conjunto de manifestaciones sociales que conforman la totalidad envuelta en la lucha de clases. Y es que muchos olvidan que sigue siendo la lucha de clases el motor de la historia y no el “antirracismo” (o el feminismo, antiimperialismo o nacionalismo) por muy proletario que se le quiera pintar.

No obstante, queremos dejar claro, evitando dejar el mínimo espacio a la tergiversación por parte del oportunismo, que obviamente nos preocupan cada una de dichas manifestaciones de los antagonismos de clases que afectan al proletariado, como en este caso es la étnica o racial. El marxismo revolucionario siempre ha tratado de dar respuesta a cada una de esas problemáticas. No podemos olvidar la especial sensibilidad que por ejemplo tuvo Marx, precisamente con la cuestión de la esclavitud, estrechamente ligada al racismo en los Estados Unidos del siglo XIX y a la consiguiente condición de miseria en que vivían los negros. No por nada llegó a apuntar que “el trabajo cuya piel es blanca no puede emanciparse allí donde se estigmatiza el trabajo de piel negra”.

Sin embargo, aquellos que pretenden embutir, en este caso, a todos los “negros” -o cualquier tipo de etnia- en un mismo saco (o a las mujeres dicho sea de paso), como si acaso todos ellos fueran una y la misma cosa, como si conformaran una especie de identidad abstracta o “casta” sin atenerse a sus condicionantes sociales de clase, naturalmente serán totalmente ajenos a la realidad y a la cosmovisión marxista, y defenderán las posiciones que reproducen la opresión de la propia burguesía afroamericana para con sus “hermanos” negros, ya sean patrios o africanos. El propio Marx cuando abordaba en sus análisis la esclavitud afroamericana de los Estados Unidos primaba siempre el adjetivo social, la clase a la que pertenecían, frente a los que veían al negro como ente abstracto y no como conjunto de relaciones sociales reales concretas. (2)

Dicho esto, con la intención de evidenciar, por un lado, la opresión racial/étnica como relación antagónica subsumida a la lucha de clases y particularmente la relación indisoluble de esa opresión con la sociedad capitalista, y, por otro, las limitaciones de las luchas parciales del siglo XX que pretendían la emancipación completa de la etnia negra, vamos a dedicar una primera parte a realizar un somero repaso, en clave fundamentalmente expositiva, de la fragua del capitalismo en Estados Unidos -y de la superestructura racista ligada a ella-. A continuación, una vez dadas esas pautas históricas esenciales, pasaremos a realizar, de manera crítico-revolucionaria, una breve aproximación a las experiencias parciales que consideramos se colocaban a la vanguardia en el movimiento negro estadounidense, y en particular de las Panteras Negras, ante la degeneración que estaba sufriendo, por condicionantes internos, la ideología proletaria, y del basamento ideológico-político sobre las que se erigían y que hoy día sigue arrastrando el revisionismo pujante en el Movimiento Comunista Internacional.

Apuntes sobre el movimiento negro en EEUU. De la esclavitud a Haywood.

Los marxistas sabemos que no puede entenderse la fragua de la burguesía y de la sociedad capitalista sin la violencia, la colonización, la rapaz conquista y la esclavización sobre las que se levantó. Y el continente americano y el africano sirvieron de gran fuente de mano de obra para ese pecado original que Marx denominó a la acumulación primitiva del capital. Tanto el brutal despojo de las tierras de los indios nativos en América como la trata de negros, es decir, el tráfico de esclavos traídos de las costas africanas que llegaban encadenados al Nuevo Mundo por medio de los buques europeos (españoles, portugueses, británicos, holandeses o franceses), donde se intercambiaban por materias primas extraídas de la explotación esclava y llegaban a los puertos europeos, servían para el florecimiento de la incipiente burguesía.

Particularmente en las colonias británicas, que luego formaron parte de lo que hoy conocemos como Estados Unidos, la importación masiva de africanos se desarrolló principalmente desde el siglo XVIII, cuando el cultivo de arroz y el del algodón fueron introducidos en Carolina del Sur y Georgia, grandes centros del esclavismo. Así, la esclavitud se fue configurando esencialmente en las colonias sureñas (Virginia, Maryland, Carolina y Georgia), donde fueron desplegados millones de esclavos que servían de mano de obra en las plantaciones de tabaco, algodón o arroz. Mientras que en las colonias del norte se fue desarrollando la embrionaria industria textil, que dependía de las plantaciones del sur, el descubrimiento a finales de aquel siglo de una máquina que posibilitaba acelerar de manera exponencial el lento cultivo del algodón, permitió a los terratenientes sureños reimpulsar tanto una esclavitud que con el desarrollo de las fuerzas productivas parecía que estaba dejando de serles rentable, como la consiguiente concentración de la propiedad en un puñado cada vez menor de esclavistas y su expansión hacia el oeste (el Norte, por su parte, trataba de hacer lo mismo para incorporar los nuevos territorios a su formación social a medida que se necesitaba expandir las relaciones capitalistas de producción), lo que fue recrudeciendo la clásica división campo-ciudad. De este modo, con la entrada del siglo XIX teníamos dos formaciones sociales pujantes, esencialmente burguesa en el norte (en la que tras la independencia política de Gran Bretaña y la revolución burguesa desencadenada en 1775 se había ido aboliendo la esclavitud poco a poco), que económicamente propugnaba un proteccionismo aduanero para defender su industria frente a la competencia inglesa,  y una oligarquía esclavista en el sur, que dependía precisamente del comercio con Inglaterra. En 1820 las clases dominantes de ambas formaciones sociales decidieron en Misuri “repartirse el mapa” y delimitar la gestión de la explotación de los desposeídos, estableciendo una línea divisoria que separaba los Estados del norte no esclavistas de los del sur esclavista por el paralelo 36º30’, que no tardó en romperse ante la debilidad de la burguesía del norte de llevar a cabo una revolución consecuentemente burguesa, mientras el sur estaba conociendo desde los años 20 el apogeo del denominado Cotton King y el número de esclavos crecía incesantemente (de lo que también se beneficiaba el norte, y esencialmente Inglaterra, como ya hemos apuntado). Todo ello iba por supuesto de la mano de una ideología dominante que trataba de justificar la esclavitud -mayoritariamente africana- mediante anticientíficas teorías supremacistas de la “raza blanca”, en las cuales se presentaba al negro como una raza inferior que se situaba “entre el hombre y el mono”. No podemos olvidar tampoco que, como decía Malcolm X, junto al negro de campo, esclavo, se situaba el negro doméstico, desclasado, que veía –incluso participaba en–  cómo apedreaban a sus hermanos esclavos por cierto tipo de “privilegios”.

Era inevitable que el Norte y el Sur estallaran en guerra abierta ante unas contradicciones económico-políticas que se iban agudizando cada vez más y ante un régimen esclavista que cada vez se oponía más como traba al desarrollo del sistema capitalista; así pues, en 1861 el Sur –apoyado por Inglaterra– comienza la guerra con el Norte. Es conocido que durante la guerra de secesión, o segunda revolución burguesa, Marx apoyó –como no podía ser de otra manera en esas circunstancias históricas en las que era la revolución burguesa la que estaba al orden del día– al Ejército de la Unión frente al Sur reaccionario, aunque no escatimó en sus críticas al republicano Lincoln cuando al principio se negaba a hacer de la abolición de la esclavitud uno de las principales estandartes de los unionistas (3) y llevar la revolución hasta sus máximas consecuencias –con lo que el renano pretendía así que se desarrollasen unas mejores condiciones para el despliegue de una futura revolución proletaria–. Si por un lado a la burguesía norteña le interesaba liquidar el esclavismo y que los esclavos del sur entraran a formar parte de su ejército industrial de reserva, por otro seguía beneficiándose en cierta medida de esta forma de explotación, lo que se reflejaba en una vacilación por parte de ciertas fracciones de la burguesía respecto a dicha abolición. Finalmente Lincoln acaba integrándola en su programa revolucionario, presionado por las facciones abolicionistas representantes de la pequeña burguesía de su partido y por la necesidad de poner de su lado a los esclavos del sur para ganar la guerra, los cuales huyeron de las plantaciones y se integraron en los ejércitos del Norte, con la consiguiente debilitación de la economía sureña (azotada además por las rebeliones esclavas, en el curso de la guerra),  precipitando la  victoria de la Unión.

Tras la derrota de la Confederación en 1865, y el comienzo del denominado periodo de Reconstrucción, el ritmo revolucionario se aceleró. Una amplia masa de oprimidos, blancos y negros, arrastraron a la burguesía del norte a proseguir la revolución, arrancándole ciertos derechos democrático-burgueses. Los estados del sur fueron ocupados por las tropas del norte, permaneciendo bajo jurisdicción militar, lo que por un lado permitió garantizar que los oligarcas sureños concedieran ciertos derechos a los esclavos negros, como la abolición de la esclavitud, el derecho al voto –algunos ya desde entonces entraron a formar parte de la gestión del régimen burgués– o la repartición de tierras -aunque nunca llegaría hasta los famosos “40 acres y una mula” que les habían prometido para cuando finalizase la guerra-, y ciertos derechos políticos a los white poors (blancos pobres), entre otras reformas democrático-burguesas. Por otro, la permanencia del ejército permitió la penetración en masa de las relaciones capitalistas en el sur. No obstante, una vez que la burguesía norteña se había servido del impulso de las masas populares para asegurarse su supremacía sobre los plantadores del sur y extender su dominio económico-político en todo el país, empezaron a ver peligrar en cierto modo sus privilegios. La gran crisis económica del año 1873, las rebeliones obreras en el norte y el terror que infundía una posible alianza entre los blancos pobres y los negros en el sur, supusieron el inicio de la contrarrevolución. En 1877, en una nueva transacción de las clases dominantes, el ejército federal se retira de los estados sureños ocupados y el terror blanco se desencadena. En buena medida los derechos conquistados por los blancos pobres les son arrebatados, los antiguos esclavistas comienzan a recuperar sus plantaciones y, si bien no restablecieron la esclavitud, lograron mantener a los recién liberados esclavos negros bajo un sistema de trabajo basado en la explotación “semifeudal” por medio de la aparcería (sharecropping). A su vez, mientras el ejército federal reprimía a los obreros -nativos o no- en el norte y aplastaba en el oeste la resistencia india, en el sur los derechos conquistados por los antiguos esclavos, como el derecho al voto (XV Enmienda), fueron arrebatados y se establecieron un conjunto de leyes para mantener bajo su fuero a las masas negras (leyes “Jim Crow”). Del mismo modo, mediante exorbitantes impuestos a pagar, necesarios para poder sufragar (poll taxes), se imposibilitaba el voto de los blancos pobres.

Si bien durante algunos años de la Reconstrucción el recién creado Ku-Klux-Klan (que originariamente, como era manifiesto en su programa, tenía como objetivo prioritario restaurar las relaciones esclavistas, y en un plano más secundario -aunque siempre presente- aludía a sus ideales supremacistas blancos) fue en cierto modo perseguidos por los republicanos, tras el inicio de la contraofensiva sus “expediciones punitivas” fueron ampliamente patrocinadas para la consecución de dichas leyes y para mantener a las masas firmemente oprimidas bajo el yugo dominante. Esto iba a acompañado naturalmente de una amplia campaña racista reimpulsada por el bloque de clases dominantes para justificar su represión y mantener divididas a las masas oprimidas, inculcando la ideología racista en el proletariado, privilegiando su condición étnica frente a su carácter de clase y evitando así una posible alianza. No faltaba tampoco un escasísimo puñado de afroamericanos que tuvieron su puesto en las instituciones político-represoras de la burguesía, ya fuera en el Congreso o el Ejército (como el regimiento de los Buffalo soldiers).

Pasada la primera década del siglo XX, una gran masa de trabajadores negros huyó del sur hacia las fábricas del norte industrial ante las condiciones de podredumbre y hambre de las plantaciones sureñas, impulsados por la necesidad de la burguesía de mano de obra en los tiempos de la Primera Guerra Mundial. No obstante, sus condiciones de vida allí, agravadas tras el crack del 29, eran aún más míseras que las del proletariado blanco. Mientras, los comunistas de aquel entonces empezaron a apuntar que, en el sur, donde aún habitaba la inmensa mayoría de masas del pueblo afroamericano, se había configurado una nación negra.

Estimamos preciso ahora, respecto a esto último, realizar un breve inciso para acercarnos a la comprensión de una cuestión que consideramos de interés, como es la del nacionalismo negro en Estados Unidos, de cara a la vanguardia proletaria, más aún en la coyuntura actual de auge de los nacionalismos en Europa en general, y de la crisis política agravada con la problemática nacional en el Estado español.

En el caso concreto yankee, y precisando una serie de apuntes históricos necesarios para el susodicho análisis, podemos rastrear las primeras bases de lo que podría denominarse como nacionalismo negro o movimiento nacional negro (de gran transcendencia en los años 60) desde finales del siglo XVIII y principios del XIX, época de transición a la sociedad capitalista y de liquidación de la propiedad esclava. En esos años, tanto la pequeña y mediana burguesía blanca, como algunos sectores embrionarios encabezados por la pequeña burguesía negra del norte (que recientemente había sido liberada), empezaron a defender la idea de la necesidad de una colonia negra en un territorio poco definido, aunque poniendo sus ojos fundamentalmente en África – creando así las bases para el movimiento del “Retorno a África” (Back to Africa), que será clave en los años posteriores –, en donde tenían la pretensión de trasladar a los negros liberados.

Así, la burguesía blanca promovió el primer movimiento importante de aquel tipo: la “Sociedad Americana de Colonización”, fundada por la burguesía norteña y algunos oligarcas del sur que veían cada vez con mayor miedo las rebeliones de esclavos, en la Cámara de Representantes de Washington de 1818. Dichas clases dominantes hicieron una enorme campaña de propaganda y destinaron miles de dólares para el establecimiento de una colonia en África. En 1821, la Sociedad de Colonización logró adquirir una porción de tres millas de tierra en la costa africana, y pasó a denominar a la misma ‘Liberia’. Los primeros negros que llegaron, no más de 3000, se consagraron como clase dominante y mantuvieron a la población indígena reciamente sometida y explotada.

Por su lado, estratos de la pequeña burguesía urbana del norte que aspiraban a deshacerse de las ‘trabas’ de discriminación racial que les dificultaban la participación en la gestión de la sociedad burguesa, propagaron la idea de retornar a África y constituirse allí en nación. Para ello, fundaron sociedades como las African Institutions (en Baltimore, Filadelfia o Nueva York) o la African Civilization Society. Una buena parte de ellos eran partidarios de un envío “selecto y exclusivo” de negros “cualificados” a las costas africanas que les garantizaran la “cristianización y civilización” (colonización) de las tribus africanas, frente a la gran mayoría de masas negras oprimidas de las que recelaban. Esta corriente estuvo muy presente durante todo el siglo XIX, liderada por negros como el reverendo Henry H. Garnet, James T. Holly o el obispo Henry M. Turner. En palabras esclarecedoras de Turner, no querían  “simplemente una nación negra, sino que deseamos una nación negra fuerte, poderosa, esclarecida y progresiva, a la altura de las demandas del siglo XIX y capaz de imponer el respeto a todas las naciones de la Tierra”.

Otras corrientes del nacionalismo negro en cambio propugnaban que los negros eran “una nación dentro de una nación”. El mayor exponente de la esta teoría fue el periodista y médico negro Martin R. Delany, considerado padre fundador del nacionalismo negro. Si bien Delany rechazaba en un principio aquel “retorno a África” del que hemos hablado, pronto lo defendió, aunque con recelo, pues consideraba que en Estados Unidos no era posible la constitución de una nación negra (“amamos a nuestra patria, pero ella no nos ama”, llegaría a decir). A partir de entonces comenzó a viajar durante la segunda mitad del S.XIX a África donde trató de comerciar infructuosamente con reyes nativos del lugar para la compra de terreno donde constituir una nación negra en la que ejercer de clase dominante. Sin embargo, durante la guerra de secesión, al ver la posibilidad de integrarse en el seno de las clases burguesas dominantes blancas y auspiciado por los republicanos comandados por Lincoln, que le pusieron al mando de un regimiento militar negro durante la guerra contra las tropas sureñas, fue abandonando las pretensiones nacionalistas negras a la par que apostaba por la “unión de dos razas… en un interés común del Estado [burgués]”, apoyando incluso a antiguos oligarcas de esclavos blancos, granjeándose buenos apoyos entre la burguesía (4).

Sin embargo, y a pesar del traslado durante todo el siglo XIX de varios miles de negros libertos a lugares como Haití, África o Canadá, dichos movimientos nacionales no tuvieron apenas apoyo entre los afroamericanos. Por un lado, atraían más a los negros que trabajaban en las plantaciones, como vía para salir de sus condiciones de podredumbre, que a los de la pequeña y mediana burguesía, los cuales rechazaban mayoritariamente la huida a África por miedo a perder los pocos privilegios allí conseguidos, viendo aquello como un retorno a la esclavitud. Sería durante los años diez y veinte del nuevo siglo XX, cuando el empresario nacionalista negro Marcus Garvey, que formaba parte de la corriente del “retorno a África”, logró el primer, aunque efímero, gran movimiento de masas negras. A través de la UNIA (Asociación Universal para la Mejora del Hombre Negro), establecida en 1916, Garvey atrajo fundamentalmente a los emigrantes negros, recién llegados de los Estados del sur y de las Antillas, y logró la constitución de una importante cantidad de “negocios negros” a gran escala.

Hecho un breve recorrido de las bases históricas del nacionalismo negro, retomemos la opinión de los comunistas de aquel entonces sobre la cuestión nacional negra. En primer lugar, la consideración del pueblo afroamericano del sur de Estados Unidos no solo fue defendida por la Internacional Comunista, sino que también Lenin fue tajante en varias ocasiones al respecto:

En los Estados Unidos, los negros constituyen únicamente el 11,1% de la población y deben ser considerados como nación oprimida, por cuanto la igualdad conquistada en la Guerra de Secesión de 1861-1865 y respaldada por la Constitución de la República fue restringiéndose cada vez más, en muchos aspectos, en los sitios de mayor densidad de población negra (en el Sur).” (5)

Si bien fue a partir de 1921 cuanto el Partido Comunista de Estados Unidos empezó a publicar artículos acerca de las relaciones entre los comunistas y los negros (a instancias de Lenin, que en dicho año les envió una carta urgiéndoles el trabajo entre los negros), los comunistas estadounidenses no le dieron importancia a la “cuestión negra” hasta años después.

Aunque ya Stalin en 1925 había sugerido al comunista negro Otto Hall la idea de la “nación negra”, fue la Internacional Comunista en una resolución del VI Congreso en 1928 y otra de 1930 cuando desarrolló esa misma cuestión (6). Es preciso decir que hasta dichas resoluciones el Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA) no había abordado dicha cuestión con la imperiosa necesidad que ésta requería y su influencia entre las masas negras era prácticamente nula, además de que el chovinismo blanco estaba visiblemente presente en el seno del partido. Ante la incapacidad del CPUSA de ejercer una línea de masas correcta entre las masas negras, pensamientos como el nacionalismo panafricanista de Marcus Garvey tenían cierta hegemonía entre el movimiento negro (aunque como dijimos, de manera muy efímera). Fue precisamente ante esa incapacidad cuando la Komintern, de la mano del afroamericano Harry Haywood (del Comité Central del CPUSA), precisó la línea a seguir en esa cuestión. Haywood y la Komintern concretaron que era la región sureña conocida como el Black Belt (Cinturón Negro), donde se concentraba alrededor del 86% de la población afroamericana, el territorio considerado como nación oprimida. A parte de una  región geográfica común históricamente formada, compartían una vida económica de explotación de carácter “semifeudal y semiesclava” (sic) relacionada esencialmente con el problema agrario, lo cual se reflejaba en una misma comunidad cultural (música como el jazz o el ragtime, religión, literatura…) que llevaba marcada la impronta de la lucha por la liberación.

Así pues el CPUSA incluyó en su programa, a instancias de la Komintern, el derecho a autodeterminación de las masas negras del Cinturón Negro (mientras que al proletariado del norte industrial afirmaba dedicarse a “luchar por sus derechos”, siguiendo la línea marcadamente economicista que naturalmente ya conocemos como constante histórica en el seno del movimiento comunista internacional) y la confiscación de tierras a los terratenientes y capitalista de dicha región en beneficio de las masas negras como parte del programa, tanto en cuanto la cuestión nacional estaba íntimamente vinculada con el problema agrario.

De este modo, desde 1928 y primeros años de la década de los 30, el CPUSA dio especial importancia a la propaganda en cuanto a la defensa de la libre autodeterminación del pueblo afroamericano, por un lado, y llamaba a la necesidad de un frente único que reuniera al “proletariado revolucionario blanco” con el pueblo negro -de acuerdo a los dictámenes de la Internacional Comunista-. En ese breve periodo de tiempo, el CPUSA logró tomar cierta influencia entre las masas negras -antes insólita-, como se reflejó fundamentalmente en la campaña de movilización desplegada en el Caso Scottsboro de 1931, a través de la cual, en palabras de Haywood, “los trabajadores negros comenzaron a entender la división de clases; comenzaron a averiguar quiénes eran sus amigos y quiénes son sus enemigos [en este caso concreto se refiere a los reformistas burgueses negros de la NAACP]” (7). No obstante, dejando a un lado las exageraciones de Haywood, esa cierta influencia que se había logrado entre las masas negras no se debía en absoluto a la defensa de su derecho a la autodeterminación, sino a la defensa de sus luchas inmediatas –y por tanto, de la reproducción de su conciencia burguesa–. Asimismo, la marcada debilidad de la línea ideológico-política del partido (que carecía de independencia de la burguesía, por lo que, además, cualquier “frente único” estaba condenado al fracaso), a retaguardia de la práctica de masas espontánea, hizo que esa incipiente línea de masas dirigida hacia las masas negras, aun siendo reformista, pronto fuera abandonada debido a la hegemonización del Partido por el revisionismo browderista.

Dicho esto, consideramos preciso hacer un par de breves apuntes más en referencia a esta cuestión. Si bien debemos valorar positivamente de Haywood, además de sus apuntes sobre el movimiento negro en Estados Unidos, la pugna ideológica que capitaneó contra el revisionismo browderista (en general, y en particular con la postura posterior del CPUSA de ir a la zaga del reformismo burgués de la NAACP y la liquidación de los “centros de izquierda” en el trabajo con las masas negras) y la rápida ruptura con el revisionismo soviético posicionándose de manera clara en el Gran Debate hacia el maoísmo -lo que le valió la expulsión del CPUSA-; no obstante es pertinente señalar que, como es desgraciadamente ostensible en sus escritos, no logró romper con la política tradeunionista dominante en el Movimiento Comunista Internacional -que hoy como antaño pretendía generar conciencia revolucionaria partiendo del movimiento de masas espontáneo y no de la vanguardia- que combinaba con una vertiente marcadamente nacionalista negra.

En segundo lugar, a nuestro juicio, con el paso de las décadas, aquella que tal vez podría denominarse como embrionaria nación afroamericana (aunque en realidad no hubo durante aquellos años ningún importante movimiento nacional que la respaldara), en parte debido a los grandes flujos migratorios que se han seguido produciendo hasta hoy y la resultante disgregación de la población negra (pues desde 1916, unos 200.000 negros fueron emigrando al Norte, volviendo a cobrar impulso este éxodo hacia fines de la década de los 30 y convirtiéndose en una gran oleada migratoria en las dos décadas siguientes; de esta forma, ya en 1960, los negros de los doce estados del sur conformaban sólo el 53’3 % de la población negra total frente al casi 90% de principios de siglo) fue sufriendo un proceso similar a la asimilación nacional-cultural característica de la época del imperialismo, que como decía Lenin se trataba de un “grandioso progreso histórico” que coadyuvaba a sentar las bases sobre internacionalización proletaria y desaparición de las fronteras nacionales. De ese modo, consideramos que actualmente no puede considerarse nación al pueblo negro del entonces Black Belt (el cual, ya incluso cuando la Komintern se pronunció sobre el mismo, se estaba “resquebrajando” -el número de condados en los 12 Estados del sur donde los negros formaban la mitad o más de la población fueron descendiendo de 262 en 1919 a 222 en 1920, 190 en 1930, 178 en 1940, 151 en 1950, 134 en 1960-,  provocando una inestabilidad territorial continua que, entre otros factores, impide la configuración nacional).

Por consiguiente, estimamos que sería más certero designar al pueblo afroamericano como una etnia sin consideración nacional, transformando cualitativamente esta categoría y, por tanto, nuestras tareas como comunistas, por lo que siguiendo la postura del líder peruano José Carlos Mariátegui respecto a las mismas, se trataría para nosotros de una problemática político-social, cuya resolución pasa por su integración en la lucha de clases revolucionaria a través de fracciones rojas generadas por la vanguardia en los frentes de masas –en la pertinente fase política-estratégica de la reconstitución– y de los órganos de Nuevo Poder por medio del programa revolucionario de la Guerra Popular, y no ya de índole nacional como se consideraba antaño.

Los años 60 y el festín espontáneo

Durante la década de los años 40, prolongándose en las sucesivas décadas, se produjo otra gran oleada migratoria de la población afroamericana hacia los centros industriales del norte y el oeste. En aquellos años la industria, principalmente bélica, estaba necesitada de mano de obra en abundancia con miras a la guerra mundial que se estaba librando, y millones de proletarios negros fluyeron al ritmo de las necesidades del capital monopolista hacia esas zonas industriales, donde esperaban unas mejores condiciones para la venta de su fuerza de trabajo. En consonancia, la burguesía imperialista de la mano de Roosevelt dictó la prohibición de la “segregación racial” en dichas industrias en 1941, impulsada por las protestas del proletariado afroamericano (por supuesto, dicha concesión se limitaba al mero campo formal -muy limitado aun así, pues bien sabemos que no puede limitarse más que a eso en una sociedad clasista). No obstante, el proletariado afroamericano que se agolpaba en dichas fábricas era el que seguía sufriendo las peores condiciones de vida, los realmente desposeídos, el que mayor número de reclutas encuadraba en el ejército industrial de reserva de la burguesía. Aquel hondo proletariado se iba hacinando en las orillas de las grandes urbes, que acababan transformándose en ghettos donde sufrían un continuo azote de la pobreza y de la maquinaria represora burguesa y de los grupos de ultraderecha racista, amontonándose en viviendas compartidas por varias familias, y excluidos de las migajas que empachaban a la aristocracia obrera.

En este clima llegan los años 60. A nivel mundial, nos encontramos por un lado ante la ofensiva de los movimientos de liberación nacional en África, Asia y América Latina (aunque también en Europa como el MLNV o el MLN de Irlanda del Norte) en el contexto del Ciclo revolucionario que abrió la Revolución de Octubre. Por otro, ante un avance acelerado de la degradación y descomposición de una ideología proletaria cada vez más inoperante en el seno del movimiento obrero y cuyas limitaciones hacían cada vez más mella, si bien el maoísmo –principalmente a través de la Gran Revolución Cultural Proletaria que sucedía a finales de los 60, máximo hito de la práctica social del proletariado revolucionario hasta hoy– lograba reflotar durante unos años y de un modo limitado el horizonte emancipatorio que significa el Comunismo.

La citada coyuntura naturalmente tenía su reflejo en el movimiento de masas de la metrópolis imperialista. Ante la inexistencia de un Partido de Nuevo Tipo leniniano (que funde las masas y la vanguardia en uno y el mismo movimiento revolucionario) en Estados Unidos -el CPUSA hacía tiempo que había pasado a formar parte del revisionismo derechista-, y en dicho contexto de movimiento de liberación nacional en el mundo (principalmente los de Vietnam, Cuba y Argelia) que precipitó la crisis política en las centros imperialistas, el amplio movimiento de masas brotó en la sociedad estadounidense comandado esencialmente por los movimientos estudiantiles de las clases medias (aristocracia obrera y pequeña burguesía) de los años 60. El bloque de intelectuales orgánicos de aquellas masas lo configuraban los dispares ideólogos de la izquierda burguesa -más o menos “radical”- como Malcolm X, Angela Davis, Betty Friedan, Herbert Marcuse, Paul Goodman, los escritores de la “generación beat”, Kate Millett o Abbie Hoffman (algunos de los cuales, en el contexto de un Ciclo revolucionario hoy inexistente, tenía ciertas simpatías por el marxismo, pues aún éste tenía resonancia en el movimiento de masas del mundo), que iban parejos a cada uno de los abigarrados movimientos espontáneos de las amplias masas, con su exclusivo sujeto social particularizado (ya fuera el movimiento LGTB, las mujeres, las minorías étnicas, etcétera) que se presentaba como motor de las eclécticas y múltiples movilizaciones sociales, ninguna de ellas marcada con la impronta de clase del proletariado revolucionario, por muy colosales cuantitativamente que fueran, y por tanto palmariamente incapaces de sobrepasar el marco social existente. Cabe añadir además que dicha renqueante atomización que empezaba a expandirse en esos años, hoy día no sólo se ha agravado ante la debacle sin paliativos del pasado Ciclo revolucionario, sino que además, dicho sea de paso, el revisionismo imperante pretende seguir reproduciendo con sus programas reformistas de repúblicas “socialistas, ecologistas, feministas, antiimperialistas (….)” y sus pretensiones de “organizar” el movimiento de masas tal como viene dado en sus luchas parciales a través de un conglomerado de recetas disgregadoras enajenantes, como antaño eran aquellos movimientos de masas, que desvirtúan la potencialidad objetiva del proletariado armado de teoría revolucionaria, limitándose a un organismo que no es sino reflejo del caduco partido de viejo cuño, que no difunde más que falsas esperanzas entre un sujeto social que es en sí mismo incapaz de revolucionar desde estas premisas y que se traduce en último término en pesimismo y abatimiento entre las masas, con su consiguiente disgregación lógica.

En el plano concreto del movimiento afroamericano, era el denominado “movimiento de los derecho civiles” de los negros el que comenzaba a ser relanzado de la mano del reformismo burgués de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NACCP, nacida en 1909) –lobby legalista que a fin de cuentas no buscaba más que una mayor participación del poder burgués- que volvía a cobrar relevancia bajo la dirección del anticomunista Roy Wilkins. Junto a ella, habían surgido otras corrientes del reaccionario movimiento de derechos civiles, las cuales pretendían en última instancia participar en el idílico American Way of Life de la clase media, llegando a hacer campañas por la elección de los candidatos del gran capital del Partido Demócrata, mientras las hondas masas afroamericanas seguían agolpándose en los suburbios. En esos años además germinó la consigna substancialista del Black Power de Carmichael, y creció la influencia del movimiento musulmán negro (particularmente el de la Nación del Islam, que aunque se había fundado en 1930 tuvo mucha importancia en esos años, propugnando la superioridad de la “raza negra” y la reafirmación de un orgullo étnico en una reelaboración del mensaje islámico). Vemos así cómo se produce un fenómeno espontáneo “de rebote” hacia la recuperación de los mensajes ideológicos más reaccionarios, paralelo a la progresiva desintegración de la hegemonía ejercida por el marxismo en el movimiento obrero.

No obstante, las manifestaciones de masas afroamericanas se iban recrudeciendo cada vez más, sin salirse por lo general de la tónica de la acción no-violenta respondida con la sangrienta reacción violenta de los agentes del imperialismo y sus fascios racistas. De este modo hubo revueltas espontáneas de masas en Albany en 1962, en Birmingham en el 63, el famoso “motín de Watts” (Los Ángeles, con 34 muertos) en agosto de 1965 y en Chicago, Cleveland y Harlem en el verano del 66 (26 personas asesinadas). En 1967 hubo 123 rebeliones en el sur del país y un total de 83 muertos a manos de la burguesía y sus secuaces. En julio de ese mismo año en el norte, en Detroit, se produjo una feroz revuelta de masas que supuso la muerte de 43 personas (de las que 33 eran negros) en un disturbio en el que el gran capital tuvo que enviar a la Guardia Nacional, tropas y tanques federales. Asimismo, el asesinato de Martin Luther King en abril del 68 acrecentó las protestas y manifestaciones, en las que 37 personas más se sumaron a la ofrenda de sangre. En ese clima, en el cual se asesinaba sin vacilación a un pacifista colaboracionista como King, cuando el sistema capitalista estaba palpablemente dando muestras de su caducidad histórica, los movimientos espontáneos de masas empezaron a comprender las consecuencias del camino de la no violencia a través de su propia experiencia empírica, frente a un enemigo a la ofensiva constante que no dudaba en utilizar su potente maquinaria represiva para aplacar de manera sangrienta a las masas explotadas, particularmente a las afroamericanas.

Sobre el Partido de las Panteras Negras

Para analizar ahora los límites de este movimiento espontáneo de resistencia, vamos a hablar de una organización que surgió en esos años, finales de los 60, en que el movimiento de derechos civiles estaba dando sus últimas bocanadas frente al encarnizado aguacero que parecía avecinarse, poniéndose encima de la mesa un cierto cuestionamiento -aunque muy limitado- del monopolio de la violencia. Se trata de uno de los proyectos relativamente más elaborados brotado de este movimiento que florecía de dicha tempestad, y que además presenta una amalgama de concepciones en las que el revisionismo hegemónico de hoy día pretende seguir sempiternamente encuadrado sin que muestre ningún atisbo de abordar críticamente. Nos referimos al Partido de las Panteras Negras (BPP).

Al calor de los acontecimientos de violencia contrarrevolucionaria de la década de los 60 contra las masas afroamericanas, y particularmente tras la rebelión de Watts, Huey P. Newton y Bobby Seale fundan en octubre de 1966 el entonces denominado Partido de las Panteras Negras para la Autodefensa. Newton redacta entonces un Programa de 10 Puntos que asume el partido, entre cuyas cláusulas se incluía la petición de: “libertad y determinar el destino de la comunidad negra [más tarde sería añadido el adjetivo oprimida]”, “trabajo para nuestro pueblo”, “el fin del robo a nuestras comunidades negras [oprimidas] por parte de los hombres blancos [luego lo modificarían por “por parte de los capitalistas”], y otra serie de puntos en los que exigían salud gratuita, educación, el fin de los asesinatos y de la brutalidad policial “hacia el pueblo negro” [posteriormente lo alterarían incluyendo a “todos los oprimidos”], o el particularmente interesante punto 10 que pedía “tierra, pan, vivienda, educación, ropa, justicia y la paz. Y como nuestro objetivo político importante, un plebiscito supervisado por las Naciones Unidas que se celebrará a lo largo de la colonia negra en la que sólo se permitirá a los sujetos coloniales negros participar con el fin de determinar la voluntad del pueblo negro respecto a su destino nacional”.

De este modo, el BPP nace constituyéndose como una organización explícitamente de resistencia, que asume un programa de mínimos, ya no sólo claramente reformista, sino en el que además se exige al gran capital un referéndum dependiente de la magistratura del orden imperialista internacional que son las Naciones Unidas. Sin embargo, no es esto en lo que pretendemos concentrar nuestro interés, como tampoco en el exclusivismo nacionalista negro de tintes bauerianos que se desprende de su Programa (8), aunque sí que nos referiremos a él en cuanto supone la marca ya de inicio de lo que iba a ser el basamento ideológico del BPP, siendo éste el que merece nuestra atención con miras al Balance del Ciclo de Octubre.

Embutidos de una miscelánea de corrientes ideológicas (desde Malcolm X, Patrice Lumumba, Frantz Fanon, Nkrumah, hasta Marx, Lenin o Mao, pasando por el Che, Fidel Castro o Bakunin), y empujados por unas circunstancias cada vez más turbulentas (como las violentas represiones que hemos citado de finales de los 60), los principales ideólogos del BPP, y entre ellos fundamentalmente Huey Newton (su principal teórico), van desarrollando una producción teórica que configurará lo que podríamos denominar la línea política de la organización, en la que pretendían sintetizar lo que en su subjetividad juzgaban como positivamente incorporable de las distintas ideologías y subconjuntos ideológicos citados.

No obstante, era el marxismo –en su vertiente maoísta, y no por casualidad, como se apreciará más adelante– el que parecía que tenía una mayor expresión en lo que se suponía como guía teórica del BPP, pasando a ligar el racismo al capitalismo, agregando algunos aditivos “de clase” a su Programa –como los citados– (más adelante eliminaría también el plebiscito supervisado por la ONU), y llegando a declararse formalmente como partido marxista-leninista:

“La ideología del Partido de las Panteras Negra es la experiencia histórica del pueblo negro y la sabiduría adquirida por el pueblo negro en sus 400 años de larga lucha contra el sistema de opresión racista y explotación económica de Babilonia [término rastafari que, según este movimiento, hacía referencia al poder blanco que había sometido a la esclavitud durante siglos a la “raza negra”], interpretada a través del prisma del análisis marxista-leninista de nuestro Ministro de Defensa, Huey P. Newton. (…)

Cuando decimos que somos marxistas-leninistas, nos referimos a que hemos estudiado y comprendido los principios clásicos del socialismo científico y que hemos adaptado nosotros mismos estos principios a nuestra propia situación. Sin embargo, no nos movemos con una mente cerrada a las nuevas ideas e información.” (9)

Ahora bien, es preciso analizar si se había producido realmente, como afirman, la comprensión de los  principios del marxismo-leninismo, y el nivel de aprehensión de los mismos. Para ello nos basaremos en alguno de los textos de sus principales teóricos.

Así, Eldridge Cleaver y Huey P. Newton afirmaban:

“Durante demasiado tiempo los negros se han basado en los análisis y perspectivas ideológicas de los demás. (…) Una de las grandes aportaciones de Huey P. Newton es que ha dado el Partido de las Panteras Negras una firme base ideológica que nos libera del servilismo ideológico y abre el camino para el futuro -un futuro al que debemos proporcionar nuevas formulaciones ideológicas para adaptarse a nuestra cambiante situación-.” (10)

“Creo que el error es que algunas personas han tomado lo aparente como el hecho real, a pesar de afirmar que han seguido una investigación académica y la disciplina del materialismo dialéctico. No son capaces de buscar más profundo, como el científico ha de hacer, ir más allá de lo aparente y alcanzar lo más significativo. Voy a explicar cómo esto se relaciona con el Partido de las Panteras Negras. El Partido de las Panteras Negras es un partido marxista-leninista porque seguimos el método dialéctico y porque integramos la teoría con la práctica. No somos marxistas mecánicos y no somos materialistas históricos. Algunas personas piensan que son marxistas cuando en realidad están siguiendo el pensamiento de Hegel. Algunas personas piensan que son marxistas-leninistas, pero se niegan a ser creativos, y están, por lo tanto, vinculados con el pasado. Están atados a una retórica que no se aplica al conjunto presente de condiciones. Ellos están vinculados a un conjunto de pensamientos que se acercan al dogma (lo que llamamos servilismo). Marx intentó establecer un marco que podría aplicarse a una serie de condiciones. Y en la aplicación de este marco no podemos tener miedo del resultado porque las cosas cambian y tenemos que estar dispuestos a reconocer el cambio porque somos objetivos. Si estamos utilizando el método del materialismo dialéctico no esperamos encontrar nada igual ni en un minuto más tarde, porque “un minuto después” es historia. Si las cosas están en un estado constante de cambio, no podemos esperar que sean las mismas.” (11)

“El propio Marx dijo: “Yo no soy marxista”. [Algunos] marxistas aprecian las conclusiones a las que Marx llegó a través de su método, pero desechan el método mismo dejándose a sí mismos en una postura totalmente estática. Es por eso que la mayoría de los marxistas en realidad son materialistas históricos: miran al pasado para obtener respuestas para el futuro, y eso no funciona.” (12)

Lo que observamos aquí en primer lugar es un rechazo de la ortodoxia dogmática, a la que contrapone un pretendido análisis creativo de acuerdo al materialismo dialéctico, respecto a una realidad viva, en constante cambio, que precisa de un análisis concreto, frente a la repetición de esquemas monolíticos. Efectivamente, el marxismo es antagónico al dogmatismo, pues precisa de una constante revolucionarización, su puesta al día permanente, en pugna continua contra aquellos que pretenden petrificar su vitalidad y negar su desarrollo. En cambio, esto no supone en absoluto el rechazo del método del materialismo histórico, como llegan a afirmar las Panteras. Si efectivamente Marx dijo, como Engels apunta, el famoso “yo no soy marxista”, lo hacía para desvincularse de aquellos que hacían una interpretación mecánica del materialismo histórico, concretamente de la interpretación determinista de las relaciones entre estructura y superestructura, y no con intención de desechar por parte del renano el estudio materialista de la historia y la sociedad. Si bien es necesario rechazar la escolástica de aquellos que divorcian teoría y práctica y absolutizan el conocimiento, algo que era dominante en el marxismo del momento –salvando la excepción de la China revolucionaria en plena Revolución Cultural–, no por ello podemos rehusar el estudio sistemático, valiéndonos del materialismo histórico y dialéctico, de la experiencia pasada acumulada de la lucha de clases, como momento ineludible e inmerso en la necesaria transformación de la realidad de manera consciente. Aun rechazando el dogmatismo soviético, cuando Mao hablaba del “espíritu creativo” necesario, y nos referimos a Mao en particular –siendo algo consustancial en realidad al marxismo revolucionario– ya que es perceptible la retórica maoísta que se desprende de los escritos de las Panteras Negras, no renunciaba, ni mucho menos, al imperioso estudio de la experiencia pasada con el fin de doblenegarla en términos dialécticos, no para quedarse estancado en ella, sino para dotarse de las herramientas necesarias para transformar el mundo de acuerdo a la cosmovisión marxista. Fue precisamente ese balance de la construcción del comunismo en la Unión Soviética estaliniana, el que le permitió –hasta cierto punto, pues no podía escapar a las limitaciones del paradigma revolucionario en el que estaba injerto– poner el marxismo a la altura de las necesidades y desarrollar la Revolución Cultural, ofreciendo nuevos aportes de incalculable valor a la revolución proletaria. La reacción de las Panteras Negras frente al escolasticismo y el positivismo, les hacía caer, como no puede ser de otra forma al rechazar el materialismo histórico, en la contraparte subjetivista, en el rechazo propio del posmodernismo de las leyes históricas (y cuando hablamos de “leyes” no lo hacemos en el sentido positivista, como algo oculto que bastaría descubrir, sino como una síntesis de las experiencias pasadas extraídas del desarrollo social y de la acción recíproca de clases enfrentadas), y el “todo cambia” dialéctico (y es que el propio cambio y transformación se debe a unas leyes o principios dialécticos), en última instancia, lleva a los deslizamientos e indeterminación constantes, a la desconstrucción de la imposibilidad de lo estable, a la negación del significado unívoco del ethos del postestructuralismo que entronca con la posmodernidad. Por mucho que se refieran acertadamente a la necesaria traducción de los “principios clásicos del socialismo científico” (aunque no olvidemos que estos principios “clásicos” están en continua transformación pues enlazan con la propia acción subjetiva del proletariado revolucionario) a las condiciones propias de la lucha de clases de cada país concreto, es necesaria la forja de dichos principios revolucionarios generales en base a la práctica social pasada de la lucha de clases. Y ello a la luz del Balance, del análisis y aprehensión por medio de la dialéctica materialista e histórica, y de la lucha de dos líneas en cuanto al mismo, no simplemente “adaptando” unos principios que se presuponen como “estudiados y comprendidos”. Un estudio, además, cuya necesidad inexcusable –si bien el BPP, debido fundamentalmente a un análisis muy somero del marxismo-leninismo y una estrecha comprensión del mismo no alcanzaba a comprender–, hoy día, desde nuestra posición privilegiada de observación tras la debacle del Ciclo de Octubre que traduce el rechazo de aquel estudio en una alarmante aberración, siguen obviando los “comunistas” que abundan por estos lares.

La noción de Partido

Otra cuestión clave, el nudo gordiano aún por desenredar, es la de la correcta concepción que la vanguardia tiene del Partido Comunista. Y es que esta incomprensión impide en sustancial medida, como demuestran los tantos ejemplos que ha habido ya en la historia de la lucha de clases del proletariado, un proceso de desenvolvimiento revolucionario real a través de la praxis revolucionaria. En el Partido de las Panteras Negras se refleja del siguiente modo:

“Se debe enseñar con palabras y acciones los métodos estratégicos correctos de resistencia prolongada. Cuando el pueblo aprenda que ya no es ventajoso para ellos resistir yendo por las calles en gran número, y cuando vea la ventaja en las actividades del método de la guerra de guerrillas, seguirán rápidamente este ejemplo. (…)

La función principal del partido es despertar al pueblo y enseñarles el método estratégico de resistir a una estructura de poder que se prepara no sólo para combatir la brutalidad masiva resistencia del pueblo sino para aniquilar totalmente a la población Negro. (…)

El resultado final de esta educación revolucionaria será positivo para el pueblo negro en su resistencia, y negativo para la estructura de poder en su opresión porque el partido siempre es un ejemplo de desafío revolucionario. Si el partido no hace la gente tome conciencia de las herramientas y métodos de liberación, no habrá medio por el cual las personas pueden movilizar.

La relación entre el partido de vanguardia y las masas es una relación secundaria. La relación entre los miembros del partido de vanguardia es una relación principal. Para que la maquinaria del partido sea eficaz, es importante que los miembros del grupo del partido mantengan una relación cara a cara con los demás. Es imposible armar funcionalmente la maquinaria del Partido o programas sin esta relación directa. Para reducir al mínimo el peligro de tío Tom informantes y oportunistas de los miembros del grupo de vanguardia deben probarse revolucionarios. (…)

Si estos impostores investigaran la historia de la revolución verían que el grupo de vanguardia siempre empieza por encima del suelo y es conducido a la clandestinidad por el opresor. La Revolución Cubana es un ejemplo: cuando Fidel Castro comenzó a resistir el carnicero Batista y los lacayos de América, comenzó por hablar en público en el campus de la Universidad de La Habana. Fue conducido más tarde a las colinas. (…)

Se cree por algunos hipócritas que cuando al pueblo son enseñados por el grupo de vanguardia para prepararse para la resistencia, esto sólo trae a “The Man” [término que en aquellos años se utilizaba para designar a la “autoridad”] sobre ellos con el aumento de la violencia y la brutalidad; pero el hecho es que cuando The Man llega a ser más opresivo eso sólo aumenta el fervor revolucionario. Así que si las cosas se ponen peor para las personas oprimidas que sentirán la necesidad de la revolución y la resistencia. El pueblo hace la revolución; los opresores, por sus acciones brutales, causan resistencia del pueblo. El partido de vanguardia sólo enseña los métodos correctos de resistencia.” (13)

Detengámonos ahora primero en aquella relación que el BPP señala como principal, la de “los miembros del partido de vanguardia”, y secundaria, “entre el partido y las masas”. A parte de la fraseología maoísta de las Panteras, lo que se desprende precisamente es un desconocimiento no sólo de la concepción del “Partido marxistaleninista” del que se reclaman parte, sino de los propios aportes que la teoría y la práctica maoísta nos legaron. La visión del Partido que tienen los Panteras bebe indirectamente de Stalin y la Tercera Internacional y del entonces -y hoy- revisionismo dominante, que frente a la concepción de la vieja socialdemocracia del partido de masas, opta por la otra cara de la moneda, la del “partido de vanguardia”, cuya relación con las masas era de carácter secundario; todo dependía de un grupo dirigente que dictaba en qué plan quinquenal se alcanzaría el “comunismo”, que a la postre condujeron tanto al alejamiento de las masas como al lógico triunfo de la línea contrarrevolucionaria.

En cambio, Lenin entendía el Partido de manera bien distinta. El líder bolchevique lo desgranaba como un conjunto de relaciones entre la vanguardia portadora del socialismo científico y el movimiento obrero, en una mutua autodeterminación y entrelazados por medio de una serie de correas de transmisión ideológico-políticas, que en conjunto no es que fueran meramente capaces de poner en marcha la revolución, sino que en sí mismas ya constituían un movimiento revolucionario hacia el Comunismo. El Partido no se constituye como una unidad de sujetos que formalmente se consideran el partido “de vanguardia”, aceptando por lo general un programa reformista, y que a partir de ahí se disponen a tratar de establecer unos lazos externos con las masas. Y es que la contradicción principal es la objetiva, la que vincula el ser y la conciencia, la vanguardia y las masas. Mao trató de recuperar el espíritu leniniano cuando atacaba el revisionismo de aquellos que pretendían aislarse de las masas, y afirmaba que todo revolucionario debía moverse “como pez en el agua” entre ellas.

Con esto no queremos decir, y lo precisamos para evitar que algún sector de la vanguardia pretenda salir despavorido a “fusionarse” con las “masas” o que sirva de justificación para el rancio practicismo (pues ya tenemos experiencia con nuestros renegados del FRML), que con miras a la (re)constitución actual del Partido Comunista el proceso deba partir de aquella contradicción objetiva vanguardia-masas de cualquier manera. Lo que entendemos es que para la reconstitución política (Partido Comunista) es previa antes la labor de reconstitución de la vanguardia, de la propia ideología proletaria, en un proceso intersubjetivo en el seno de la vanguardia a través de la lucha de dos líneas y en torno al Balance como mediación necesaria. Esto por supuesto también es, aunque a algunos les parezca difícil de comprender, una relación entre vanguardia y masas, pero no tomada “al viejo uso”, ceñida ésta a una misma receta cualquiera que sea la situación, sino precisamente teniendo en cuenta la situación concreta y preservando la no desvinculación dualista entre masas y vanguardia. Y es que concebimos esta relación de contrarios (vanguardia-masas) de manera mutuamente imbricados, es decir, con cada una de las partes dependiente de la otra. Por ello, lo que debemos considerar actualmente como masas debe ir en función de la tesitura en la que se halle la vanguardia, que no es otra hoy día que la descomposición y putrefacción, que se nos presenta bajo tal forma por estar desprovista ésta de teoría revolucionaria. A partir de esto consideramos que actualmente los lazos que se deben estrechar por medio de una línea de masas consciente y planificada, y en base a lucha de dos líneas y al estudio de la experiencia histórica de la lucha de clases, son con el resto de sectores que ofrezcan distintas salidas teóricas al capitalismo y pongan las cuestiones ideológicas en un primer plano, desde los supuestos marxistasleninistas hasta distintos sectores del anarquismo pasando por el maoísmo o el trotskismo, y no con el movimiento obrero propiamente dicho (hacemos esta matización pues consideramos a la vanguardia naturalmente como parte de la clase obrera).

Teniendo en cuenta la noción de Partido Comunista del BPP, que meramente recoge –aparte de la retórica de las contradicciones– aspectos formales del mismo (en esencia, disciplina), y el déficit marxista del que parten, no es de extrañar que aquellos consideren como objetivo principal del Partido el hecho de “enseñar con palabras y acciones los métodos estratégicos correctos de resistencia prolongada”, “despertar al pueblo y enseñarle el método estratégico de resistir”, “sólo enseña[r] los métodos correctos de resistencia”. Y es que la consideración del Partido como un mero núcleo de vanguardia tiene como correlato lógico, al ser incapaz de establecer los mecanismos necesarios para fundirse con el movimiento y elevarlo a la posición de la vanguardia, no más que la pretensión de establecimiento de un conjunto de relaciones externas con el “pueblo” (más adelante veremos en qué se concreta este “pueblo” desde el punto de vista de las Panteras), de modo que solo se puede, o bien tratar de “espolear” el movimiento de masas a través de actividades aisladas de la guerrilla-vanguardia, en la versión del terrorismo pequeñoburgués, o bien caer en el sindicoparlamentarismo al no ir más que a caballo de la respuesta de las masas al capital y al dedicarse no más que a la reproducción de sus condiciones inmediatas. Ambas caras de la misma moneda espontaneísta están presentes en el Partido de las Panteras Negras.

No obstante, es preciso añadir que, si bien afirman las Panteras en el plano teórico que su misión era la de enseñar al “pueblo” (ni siquiera aspirar a dirigirlo, llevando la espontaneidad hasta la más devota idolatría) en la resistencia a través de “acciones y palabras”, y con esto pudiera parecer que los Panteras practicaron el terrorismo “izquierdista” por medio de la “guerrilla”, en el plano de la realidad trataron escrupulosamente de no desbordar el legalismo burgués. Y es que esas “acciones” se traducían fundamentalmente en la enseñanza en los suburbios estadounidenses de los métodos de resistencia a la brutalidad policial, llegando a armarles, y en la formación de patrullas de vigilancia policial: grupos armados encargados de evitar en cada ghetto las brutalidades y asesinatos de los agentes de policía. Esto además en el caso de las Panteras se transcribía en una dedicación mayor, prácticamente, al estudio de las leyes de cada Estado que a la teoría revolucionaria, con el fin de defenderse de los agentes del orden burgués “con la ley en la mano”, no sobrepasando la legalidad más que cuando aquellos “se excedían”, pero siempre tratando de tener un puntilloso cuidado de no quebrantar las propias leyes burguesas.

Por otro lado, y en relación a lo anterior, las Panteras basaban su influencia entre las masas tanto en esa enseñanza en la resistencia que aludíamos, manteniendo controlada la brutalidad policial, como en la puesta en funcionamiento de distintos programas sociales establecidos con arreglo al propio Programa de 10 Puntos que mencionamos anteriormente. Estos programas se basaban en ofrecer alimentación, enseñanza, servicios sanitarios o ropa, todo gratuito, al proletariado hondo de los suburbios. Los Panteras definían dichos programas no como revolucionarios, ni como reformistas, sino “de supervivencia”:

“El programa de diez puntos no es revolucionario en sí mismo, ni es reformista. Es un programa de supervivencia. Nosotros, el pueblo, estamos amenazados de genocidio porque el racismo y el fascismo son rampantes en este país y en todo el mundo. Y el círculo gobernante en América del Norte es el responsable. Tenemos la intención de cambiar todo eso, y para cambiarlo, tiene que haber una transformación total. Pero hasta que podamos alcanzar esa transformación total, debemos existir. Para existir, tenemos que sobrevivir; Por lo tanto, necesitamos un equipo de supervivencia: el Programa de Diez Puntos.

(…) No debemos considerar a nuestros programas de supervivencia como una respuesta a todo el problema de la opresión. Ni siquiera pretendemos que sea un programa revolucionario. Las revoluciones se hacen de otra pasta.”  (14)

No pretendemos menospreciar la actividad que realizaba el Partido de las Panteras como vanguardia práctica. Y no rechazamos que en condiciones en que el asesinato y violencia constante de las masas y la pobreza extrema de los suburbios esté al orden del día, pueda la vanguardia desplegar en el plano táctico desde el primer momento cuestiones militares, más si eso puede ayudarle a forjar vínculos con las masas y generar una dualidad de poderes –como allí ocurría hasta cierto punto–, pero siempre partiendo del análisis concreto de la situación. Lo que pretendemos, en cambio, es señalar, y la experiencia práctica de las propias Panteras Negras nos sirve como criterio de verdad (como tantos otros), los límites que arrastra una teoría de retaguardia que no puede ir más allá de la resistencia. Y es que la propia concepción que tiene el Partido de los Panteras Negras como organización profusamente resistencialista, ya manifiesta la incomprensión de la frontera que delimita la resistencia de la revolución, lo que lleva a identificarlas como una y la misma cosa (“sentirán la necesidad de la revolución y la resistencia” leíamos). La resistencia por definición lo que hace es reproducir las mismas condiciones de existencia dadas, no alterarlas, revolucionarlas, sino soportar los golpes en el mismo marco en el que se generan, actuar de acuerdo a los ofensivas del capital de manera defensiva, cediendo totalmente la iniciativa al poder burgués, cuando de lo que se trata es justamente de lo contrario. Precisamente las masas ante tales atentados de la burguesía no sentirán la necesidad de un proceso revolucionario tal como lo entendemos, sino la de resistir frente a las tropelías del capital, por lo que la vanguardia cuando reproduce esa resistencia no hace más que afirmar el propio nivel de conciencia política de las masas en su movimiento espontáneo (al que además lanza el BPP todo tipo de halagos cuando hablan de que “sentirán”), es decir, su conciencia burguesa.

Por supuesto esto va de la mano de los programas reformistas (o de “supervivencia”) que, al carecer de cualquier tipo de estrategia revolucionaria para conquistar el poder (pues el afirmar que “las revoluciones se hacen de otra pasta” sin precisar el cómo, es no decir nada más que lo que apuntamos) e ir a remolque de una alabada espontaneidad (adulación que si bien es más propio del anarquismo, en el caso concreto de las Panteras seguramente hubieran bebido más de Fanon que de Bakunin), no pueden alimentar más que la conciencia en sí, no revolucionaria. No existe un mágico salto de la resistencia a la revolución, ni tampoco de un programa reformista a uno revolucionario, son concepciones opuestas. La rearticulación de un proceso revolucionario es contraria a la resistencia, la cual sólo puede llevar –si acaso es que se pretende tomar el poder– a la intentona insurrecionalista que caducó con el ciclo revolucionario burgués, como han demostrado larga y tendidamente numerosas experiencias infructuosas en el pasado. Por muy en jaque que se consiga poner a la burguesía mediante la línea resistencialista (y es cierto que el Partido de los Panteras Negras exacerbó la crisis política de la metrópolis imperialista estadounidense, causando significativos quebraderos de cabeza al gran capital), será meramente de manera muy limitada, débil, tal que frente a una fuerte ráfaga de viento, se desplome sencillamente sobre sus cimientos (tal como ocurrió). Esto nos viene a recordar que por muy objetivas que sean las circunstancias para el desencadenamiento de la Revolución Proletaria, es el elemento subjetivo el fundamental, el motor vertebrador de todo proceso revolucionario. La vieja concepción sindicalista, heredada de la II Internacional, de someter y adaptar la actividad de la vanguardia a la defensa de los requerimientos más inmediatos de las masas, mientras se observa cómo las propias masas, armadas de “fervor revolucionario” por la violencia cometida contra ella por el capital, se liberan por sí mismas de sus cadenas, es una pretensión utópica desmentida por la experiencia. Lo que se trata es de negar, de transformar, a la clase obrera, que en por sus propias fuerzas sólo genera conciencia tradeunionista, como diría Lenin, y elevarla a las posiciones del marxismo revolucionario (a la conciencia de clase para sí), como parte de un proceso de autoelevación consciente hacia el Comunismo. Y para ello se parte de la vanguardia, de la ideología proletaria que comanda todo el proceso de guerra de clases revolucionaria, y no de la espontaneidad de las masas que se inscribe en la lucha de clases proletaria.

Respecto al doble poder que se llegaba a generar en los suburbios afroamericanos, cabe añadir que no se trataba de la confrontación de dos dictaduras, burguesa y revolucionaria, pues sobre esos vacíos de poder no se erigía poder político revolucionario, al estar desprovistas las masas del Programa revolucionario a través del cual ejercer su dictadura de clase proletaria. Así pues, esos vínculos que establecían las Panteras con las masas, al no disponer la vanguardia negra más que de una teoría de retaguardia que se traducía en unos programas adaptados a las necesidades reformistas y al nivel de conciencia en sí de las masas, solo podían trocarse en votos electorales (como ejemplifican los cerca de 40.000 votos que consigue Eldridge Cleaver, uno de los líderes de las Panteras Negras, presentado para las presidenciales como candidato por el Partido Por la Paz y Libertad –con el que las Panteras Negras formaron coalición- en el 68; o la campaña que inician los Panteras Negras ese mismo año de recogida de firmas para conseguir el “control de la policía por las comunidades vecinales”), pues precisamente es a esto a lo que lleva la concepción espontaneísta de la revolución en su faceta sindical. El Programa revolucionario no puede abandonarse en ningún caso por un programa reformista como el de las Panteras (o el de los revisionistas anclados en estas concepciones anticuadas). Ni por supuesto puede justificarse el rechazo de aquél por condiciones objetivas externas (supuesta aniquilación que sufrirían las masas negras en el caso de los Panteras), lo cual sólo es reflejo de las propias debilidades subjetivas internas, la carencia de una ideología constituida a la luz de la lucha de dos líneas y del Balance.

Nosotros partimos de la consideración de que el programa es el reflejo de la negación recíproca entre los principios revolucionarios generales y la línea política de las especificaciones concretas de la lucha de clases de cada país. Esto se traduce en una serie de concreciones (Programa) que sirven al hondo movimiento de masas armado, una vez reconstituido el Partido (esto es, la fusión de la vanguardia dotada de cosmovisión proletaria con los sectores más avanzados del movimiento de masas) dando inicio inmediato a la Guerra Popular, y generando bases rojas sobre el que se levanta el Nuevo Poder del proletariado revolucionario que se enfrenta de manera violenta al poder burgués. Es, mediante esta experiencia de conocer empíricamente lo que supone el Estado-comuna revolucionario, como las hondas y amplias masas elevan su conciencia burguesa a la conciencia del proletariado revolucionario. No podemos limitarnos a contemplar y alabar con romanticismo cómo llegaron las Panteras Negras, en aquella coyuntura concreta de exacerbada crisis política, a armar algunos suburbios (teniendo en cuenta además, sin pretender por ello menospreciar su labor, la legalidad de portar armas en Estados Unidos), pues de lo que estaban desarmadas las masas afroamericanas era de ideología revolucionaria, y sin ésta la política no puede mandar sobre el fusil y por consiguiente se imposibilita la utilización de este fusil para la toma del Poder revolucionario.

Dialéctica de la labor revolucionaria

Este mestizaje de corrientes políticas dispares, a consecuencia de la no independencia ideológica necesaria, les hizo tomar la táctica en el plano teórico, tan manida como estéril, de la pequeña burguesía radical cubana que tuvo su apogeo precisamente en esos años de auge del revisionismo foquista (aunque hoy día algunos siguen con las mismas cantinelas) basado en la acción directa anarquista para “estimular” al movimiento de masas desligado de su vanguardia. No obstante, esto no es lo que en esos primeros años (1966-70), a pesar de los escritos de Newton, practicaron (como hemos dicho anteriormente), pues consideraban que debían empezar “por encima del suelo” [above-ground] y luego ser conducidos por el opresor a la clandestinidad [o underground]”.

Respecto a esto último cabe decir que no sólo se trata de liquidacionismo menchevique por el hecho de rechazar abiertamente toda iniciativa e ir a la retaguardia de las ofensivas del capital. También es contrario a aquello que decía Lenin, según el cual, en esa cadena de eslabones que es el Partido Comunista, se empieza por un pequeño grupo de revolucionarios clandestinos, y, cuanto mayor fuera el carácter de “masas” del conjunto de eslabones-organizaciones, se iría perdiendo clandestinidad 15. Y esto es lo que verdaderamente nos ha legado la experiencia de la lucha de clases revolucionaria. Así, en la Rusia zarista, la vanguardia revolucionaria había comenzando organizándose en pequeños núcleos clandestinos (kruzhoki), que iban a ir tejiendo lazos con las masas para constituir el Partido y pasar a la lucha abierta. En la revolución china, Mao a su vez extrajo también la experiencia de la necesidad de dos grandes períodos entrelazados, sobre la base del desenvolvimiento de una enconada lucha de dos líneas. En primer lugar hablaba de una etapa de fusión con ciertos sectores de la vanguardia campesina, de mayor actividad clandestina, para pasar luego al segundo periodo que él denomina de “fase de actividad abierta”, en la que incorpora a las amplias masas a la lucha revolucionaria a través del Nuevo Poder, dando inicio a la Guerra Popular en agosto de 1927 (16). Asimismo, el Partido Comunista de Perú, tomando todas aquellas experiencias revolucionarias, ya en la V Conferencia de 1965, durante el periodo de reconstitución partidaria, precisaba la Línea General de la revolución. En ésta se concretaba, además de la estrategia de Guerra Popular Prolongada o la construcción necesaria de los tres instrumentos de la revolución (Partido, Ejército y Frente-Nuevo Poder), el que la actividad de la organización debía comenzar en la clandestinidad.

Sin embargo, esto no puede llevar al error, por parte del revisionismo que define el Partido de manera organicista (igualándolo con la mera vanguardia), del liquidacionismo “de izquierda” que basa toda su actividad en el trabajo ilegalclandestino. Es decir, si bien el núcleo de vanguardia revolucionaria, el cual no puede olvidarse de que es una parte del “conjunto de organizaciones” que conforman el Partido de Nuevo Tipo, debe trabajar de manera lo más clandestina posible, al tiempo que se va avanzando en el proceso de reconstitución y tejiendo redes con el resto de organizaciones de la vanguardia práctica del movimiento obrero, adquiriendo progresivamente un carácter “masista”, en un todo que constituye un movimiento de nuevo tipo, en el que se va combinando el trabajo ilegal con el legal de acuerdo a la línea de masas concreta y de su amplitud. Y en la medida en que se vayan generando organismos revolucionarios y bases de apoyo del Nuevo Poder, durante la fase denominada de construcción del Partido, irá haciéndose a priori –para evitar absolutizarlo– cada vez menos clandestino éste, pero sin dejar de tener en cuenta la necesaria clandestinidad, fundamental para ciertos eslabones del Partido. Ésta es la dialéctica marxista del trabajo revolucionario en lo tocante a la clandestinidad.

Cabe añadir sólo que en el ejemplo que ponen las Panteras Negras de la experiencia cubana  (“Fidel Castro comenzó a resistir el carnicero Batista y los lacayos de América, comenzó por hablar en público en el campus de la Universidad de La Habana. Fue conducido más tarde a las colinas” recordemos), éstas parten de la identificación de los discursos de Castro en las filas del reaccionario Partido Ortodoxo como parte del proceso revolucionario (o proceso de resistencia, que para los Panteras era la misma cosa). Sin embargo, incluso si consideramos que la primera actividad que marca el inicio de la Revolución cubana es el asalto al cuartel Moncada en 1953, éste se realiza naturalmente desde la clandestinidad, por medio de un puñado de hombres de vanguardia. Como sabemos, esta intentona insurreccional termina fracasando, y sus participantes o bien son masacrados o bien encarcelados (entre ellos, Castro). Y es una vez que sale de la cárcel Castro cuando éste forma el Movimiento 26 de Julio, como movimiento de liberación nacional de la pequeña burguesía radical, teniendo que pasar directamente a la clandestinidad, huyendo a México para organizar la revolución democrática-nacional. En noviembre del 56 zarpa de Veracruz el buque Granma, a bordo del cual no van más que 82 guerrilleros, dirigiéndose a las costas cubanas con la intención de comenzar la revolución democrática-burguesa que debía ir acompañada de la insurrección en Santiago de Cuba. Sin embargo, como ocurre en los procesos insurreccionalistas, todo depende de la espontaneidad, y el retraso de la llegada del Granma a las costas cubanas, debido al temporal,  hace que fracase el levantamiento en Santiago. Una vez que llega el buque de los revolucionarios cubanos que venían de México a las costas de la isla, éstos se ven obligados, tras un breve enfrentamiento con las hordas batistianas, a huir, dispersados, hacia las montañas de Sierra Maestra e iniciar desde allí la guerra de guerrillas en diciembre de 1956.

Lumpenproletariat negro

Nos gustaría añadir ahora, por último respecto al BPP, una concepción más que nos parece cuanto menos sintomática de una situación objetiva que ya era claramente palpable, y que los Panteras Negras no pueden evitar observar, estableciendo sus objetivos en cuanto a ello (a pesar de los análisis que juzgamos erróneos). Algo además en lo que hoy día el revisionismo aún sigue preocupantemente miope. Nos estamos refiriendo a la clase social a la que los Panteras Negras dedicaban sus esfuerzos (porque no podemos decir que tan siquiera aspiraban a dirigir), que ellos definían como el lumpenproletariado urbano negro. Leamos, pues:

“Estos millones de negros [lumpenproletariat urbano negro] no tienen representación política, no están organizados, y no son propietarios ni controlan ninguno de los recursos naturales; tampoco tienen ningún control sobre la maquinaria industrial, y su vida cotidiana es un ajetreo para la lucha por la supervivencia con cualquier medio necesario. (…)

Tanto en la Madre Patria [o país materno] como en la Colonia Negro, la clase obrera es el ala derecha del proletariado, y el lumpenproletariado es el ala izquierda. (…) Y definitivamente tenemos una gran contradicción entre la clase obrera y algunos ciegos que se denominan “marxistas-leninistas” y acusan al Lumpen de ser parásitos a la clase obrera. Este es un ataque estúpido derivado de leer muchas notas de Marx y tomando algunos de sus comentarios difamatorios sin pensarlo como si se tratasen de las sagradas escrituras.

En realidad, es preciso decir que la clase obrera, en particular la clase obrera estadounidense, es un parásito en el patrimonio del género humano, del cual el Lumpen ha sido totalmente atracado por el amañado sistema capitalista, que a su vez ha lanzado a la mayoría de la humanidad sobre el vertedero mientras que ha comprado un porcentaje con empleos y seguridad. La clase obrera que debemos tratar hoy muestra poco parecido con la clase obrera de la época de Marx. En los días de su infancia, insegura e inestable, la clase obrera era muy revolucionaria y llevó adelante la lucha contra la burguesía. Pero a través de luchas largas y amargas, la clase obrera ha hecho algunas incursiones en el sistema capitalista, tallando un nicho cómodo para sí mismo. El advenimiento de los sindicatos, la negociación colectiva, la Union Shop, la Seguridad Social, y demás normativa de protección especial ha castrado a la Clase Obrera, transformándolo en un Movimiento Obrero comprado, una mayoría no revolucionaria y reformista que sólo está interesada en mayores salarios y en más seguridad en el empleo. Los George Meanys, Walter Reuthers, y A. Phillip Randolph [sindicalistas; Randolph era negro, por cierto]  pueden ser etiquetados correctamente de traidores al proletariado en su conjunto, aunque en realidad reflejan y encarnan con precisión las perspectivas y aspiraciones de la clase obrera. (…)

Es un hecho que la clase obrera de nuestro tiempo se ha convertido en una nueva élite industrial, que se asemeja más a las élites chovinistas de los artesanales y comerciales gremios egoístas de la época de Marx que a las masas trabajadoras que se sumergen en la abyecta pobreza.” (17)

Dejando a un lado la clasificación errónea que hacían los Panteras Negras de la clase obrera, dividiéndola en clase obrera blanca y lumpenproletariado de la “Madre Patria”, y clase obrera negra y lumpenproletariado de la “Colonia negra”, que parte de considerar erradamente a los negros estadounidenses -bebiendo directamente de los análisis de Fanon de los países del “tercer mundo”-, como una colonia dentro de Estados Unidos, nos parece cuanto menos sorprendente el análisis que realizaban sobre las contradicciones en el seno de la clase obrera, a años luz de lo puesto en boga por nuestros revisionistas hoy día.

Así, en primer lugar, observan que la clase obrera no es una clase homogénea y cohesionada, con los mismos intereses económico-políticos, sino que existen distintas fracciones en su seno. Y en segundo lugar, comprende de manera bastante admirable que la clase obrera decimonónica de la época de Marx y Engels, que cristalizó en la constitución de las partidos socialdemócratas –hoy, de viejo tipo-, es bien distinta a la que se sucedió, no concretamente con el “advenimiento de los sindicatos, la negociación colectiva, la Seguridad Social,…” que apuntan los Panteras, sino más bien con el advenimiento del gran capital monopolista y, esencialmente, del Partido de Nuevo Tipo –clase para sí– que supone que aquellos sindicatos que antes habían coadyuvado necesariamente a la constitución de la clase obrera como clase en sí, en base a la defensa de sus intereses inmediatos, pasen al campo de la reacción al seguir reproduciendo la conciencia burguesa inmediata en el movimiento obrero, afirmando al sector privilegiado de la clase obrera en detrimento del verdadero proletariado desposeído.

Y es que los marxistas revolucionarios, no los revisionistas que llevan décadas negando lo evidente y en consecuencia apuntalando la fracción arribista de la clase obrera, sabemos que con la llegada del capitalismo a su estadio imperialista (y unas décadas antes en la Inglaterra del monopolismo colonial) y el consiguiente nacimiento del Partido Comunista, el movimiento obrero se dividió en dos grandes alas enfrentadas. Por una parte el ala revolucionaria, que sirve a los intereses históricos del proletariado hondo, “las masas trabajadoras que se sumergen en la abyecta pobreza”, a los verdaderos desposeídos; frente a la socialdemocracia, que afianzaba al sector socialchovinista y aristocrático de la clase obrera (que sería lo que los Panteras denominan clase obrera de la Madre Patria). Bien nutrido de las migajas ensangrentadas que el imperialismo le ofrece de la explotación de los pueblos oprimidos (no simplemente “comprados”, sino que existe una base social generada por la fase imperialista sobre las que se levanta la aristocracia obrera), esta socialdemocracia se desarrollaba en un periodo además concretado en Estados Unidos, justo antes de la llegada del neoliberalismo que restringe el campo de juego de las clases dominantes, en el que la aristocracia obrera gestionaba una sustancial parte de la tarta keynesiana.

Y es a aquel hondo y profundo proletariado estadounidense (no al mero lumpen, aunque no negamos que hubiera buena parte de él, al que por supuesto, en la línea de lo que decían las Panteras y en confrontación abierta de los revisionistas que dominan hoy el MCI, no vamos a considerar un mero parásito a despreciar, sino un estrato de la clase obrera que “puede transformarse en una fuerza revolucionaria si se la conduce de manera apropiada” en palabras de Mao), al que se dirigían los Panteras. La herencia fanoniana es clara en este asunto. Fanon observó y analizó, en Los condenados de la tierra, cómo en los países coloniales, a diferencia de los capitalistas, la clase obrera urbana –aún embrionaria– era el sector más privilegiado del pueblo oprimido, el estrato acomodado que constituía la base –junto a los intelectuales– de los partidos nacionalistas y los sindicatos, los cuales no llegaban a romper del todo con los colonialistas para no perder sus relativos privilegios. Frente a ellos se situaban las amplias masas campesinas en constante rebelión, de las que recelaban y a las que aislaban, y el sector de la clase obrera que se hacinaba en los centros de pobreza de las periferias de las urbes proveniente de la miseria del campo, el más desfavorecido, el lumpen-proletariat que llama Fanon, el cual es definido como punta de lanza esencial de las masas campesinas en las urbes, la fracción de la clase obrera que hacía aflorar en las ciudades la insurrección verdaderamente temible para los colonialistas.

Debacle de las Panteras

Este amplio elenco de errores y limitaciones que hacían del Partido de los Panteras Negras una organización ecléctica e incapaz de rearticular un proyecto emancipatorio, desde las mentadas hasta por ejemplo las escasas referencias a la esencial cuestión del Poder –lo que reforzaba su visión anarquizante de la “revolución”– pasando por su visión utópica-dühringiana del comunismo (18) o por la ‘novísima’ idea del intercomunalismo (19)–a caballo entre el ultraimperialismo kautksiano y el “imperio” posmoderno de Toni Negri–, no obstante hemos querido centrarnos en las que nos parecían más relevantes actualmente de cara a la vanguardia.

Para concluir el episodio de las Panteras Negras, cabe añadir que esas enormes debilidades ideológicas internas, en un contexto además de crecimiento exponencial de la represión (20), fueron derivando pronto en dos tendencias enfrentadas que, como no podría ser de otra forma, formaban parte de la misma carta espontaneísta, incapaz per se de fundirse elevando a las masas a través de órganos de Nuevo Poder revolucionario. Por un lado, el anverso liderado por Huey Newton que pretendía reorganizar el partido, depurarlo y volcarlo en las elecciones, movilizando una enorme campaña para las mismas que incluso les llevó, a él y a sus adláteres a abandonar los programas sociales, lo que le hizo perder naturalmente el apoyo reformista que se había granjeado hasta el momento el partido. Esta es la cara del más puro cretinismo parlamentario. Por otro, el reverso encabezado por Eldridge Cleaver que clamaba por pasar al militarismo guerrillero de corte guevarista, reflejo particular de lo que ocurría en el plano general universal (Brigadas Rojas, RAF, GRAPO, Células Comunistas Combatientes, etcétera), abandonando los llamados programas sociales en pos de la lucha armada, y reagrupándose en el denominado Ejército Negro de Liberación. Esta es la cara del terrorismo individual que estuvo presente en la década de los 70.

Esta situación se presentaba para la burguesía como un espléndido terreno fértil donde acrecentar las contradicciones y urdir una gran campaña de intrigas en el seno del partido que precipitó la debacle del mismo. Para enero de 1971 Cleaver había sido expulsado, y en marzo se había generalizado la confrontación de ambas tendencias, cristalizando en dos grandes fracciones que no tardarían en irse disolviendo durante la década de los setenta, generándose nuevas fracciones que se iban reorientando en buena parte hacia el islamismo. Aquí concluye la experiencia del Partido de las Panteras Negras y el breve recorrido realizado por los límites del movimiento espontáneo; una experiencia más del movimiento resistencial a la que el revisionismo sigue hoy día haciendo oídos sordos, pretendiendo repetir –pues ni siquiera consigue llegar a su nivel– sus mismos esquemas, empecinado en golpearse contra los mismos muros (21).

¿Hasta cuándo?

Hablábamos al comienzo del carácter reaccionario de aquellos que se regodean de obviar la adjetivación social de la población, y abanderan discursos interclasistas en los que incluyen dentro del pueblo afroamericano a todo tipo de negros, sea cual sea su condición de clase. Malcolm X ya se reía de aquellos que no sabían distinguir entre los ‘Tíos Tom’ y el negro esclavizado, y también las Panteras cuando se enfrentaban abiertamente al reformismo de distintos sectores afroamericanos de la formación social estadounidense (aunque es cierto que ninguno escaparon del exclusivismo negro). Es obvio que hoy día una parte de la sociedad afroamericana gestiona de manera formidable la dictadura burguesa. Hoy el afroamericano que preside la Casa Blanca es quien homenajea a aquellos negros que marcharon pacíficamente sobre Washington y nunca supusieron peligro alguno para su dictadura de clase, mientras envía sus hordas racistas a oprimir al proletariado, negro, blanco, asiático, indio o mulato.

Las luchas espontáneas de los años 60 lograron arrebatar al bloque de clases dominante una serie de derechos legítimos para el pueblo afroamericano, como la prohibición de la discriminación racial o el derecho al voto. Por supuesto, sabemos que estas concesiones de iure no pueden sobrepasar en la sociedad burguesa más que el espectro formal, y los Michael Brown, Eric Garner, Tamir Rice o Rumain Brisbon son los últimos ejemplos más visibles de ello. Para pasar de la mera formalidad al efectivo fin de la opresión, cualquiera que sea su faceta, no hay otro camino que la apropiación del proletariado revolucionario de sus propias condiciones de existencia; la transformación del mundo de acuerdo a su cosmovisión, a través de una violenta revolución ininterrumpida hacia el reino de la libertad.

Ferguson ha sido uno de los últimos fogonazos de violencia exasperada del proletariado suburbial, finalmente asfixiado por la maquinaria burguesa, que una vez más ha tenido que desplegar su Guardia Nacional y decretar el estado de emergencia para sofocar la revuelta, ante la orfandad de referente revolucionario. Y una de las cosas que nos muestra, una vez más, esta legítima manifestación de violencia espontánea es que no existe en el ser proletario un rechazo “natural” a la violencia, sino que este rechazo es siempre un producto de una conciencia alienada propia de la coyuntura concreta de la lucha de clases.

Nosotros por supuesto no rechazamos, como suele hacer el revisionismo socialpacifista, las manifestaciones violentas del proletariado espontáneo. Lo que sí que afirmamos, en cambio, es que por muy legítimas que sean, que lo son, no por ello dejan de perder su carácter anarquizante, como no puede ser de otra manera si no son canalizadas por el proletariado constituido en Partido Comunista. Tampoco vamos a ser nosotros los que hagamos odas a la espontaneidad como si pretendiéramos fusionarnos con dicho movimiento tal cual se da de acuerdo a la lógica inmediatista, sino que entendemos que antes debemos realizar una afanosa labor de lucha contra aquellas correas de transmisión burguesa que perseveran por mantener al proletariado tal y como está, es decir, oprimido. Esa labor es inexcusable si pretendemos transformar a esas masas violentas desorganizadas, en masas armadas y rearticuladas ejerciendo su poder político violento a través de organismos propios. Sólo a través de un movimiento independiente, desde un basamento más elevado, podrá el proletariado ejercer la política por otros medios de manera consciente y transformadora para destruir el régimen explotador. Será además a través de esa violencia por la cual podrá ir incorporando a las amplias masas a la lucha revolucionaria que dé inicio a un nuevo ciclo de la Revolución Proletaria Mundial.

“¿Hasta cuándo?” nos preguntamos. El lunes fueron los normalistas mexicanos en Iguala; el martes, el proletariado suburbial de Ferguson; el miércoles, varias urbes estadounidenses más; el jueves, el ateniense barrio de Exarchia; el viernes, la suiza Basilea; el fin de semana, quién sabe. Abu-Jamal, uno de los miembros más reconocidos de las Panteras Negras, decía años después que la revolución en aquellos turbulentos años sesenta parecía algo inminente. Pero ésta no llegó. Y así seguirá siendo mientras que no breguemos por la reconstitución ideológica y política del comunismo.

Nueva Dirección Revolucionaria

Diciembre 2014


(1)  Entre los negros asesinados en los últimos meses: Eric Garner (julio, Staten Island, Nueva York), Michael Brown (agosto, Ferguson, Missouri), John Crawford (agosto, Dayton, Ohio), Kajieme Powell (agosto, St. Louis, Missouri), Tamir Rice (de doce años, noviembre, Cleveland, Ohio), Akai Gurley (noviembre, Brooklyn, Nueva York), Rumain Brisbon (diciembre, Phoenix, Arizona) y Antonio Martín (diciembre, St. Louis, Missouri).

(2)  “Un negro es un negro. Sólo bajo determinadas condiciones se convierte en esclavo. Una máquina de hilar algodón es una máquina de hilar algodón. Sólo bajo determinadas condiciones se convierte en capital. Desgajada de esas condiciones, la máquina dista tanto de ser capital como dista el oro, en sí y para sí, de ser dinero y el azúcar de ser el precio del azúcar… El capital es una relación social de producción. Es una relación histórica de producción.” (Karl Marx, “Lohnarbeit und Kapital”, en “Neue Rheinische Zeitung”, nº 266, 7 de abril de 1849.) (

3)  “Mi objetivo primordial en esta lucha es salvar a la Unión, y no es ni salvar ni destruir la esclavitud. Si pudiera salvar la Unión sin liberar a ningún esclavo, lo haría, y si pudiera salvarla liberando a todos los esclavos, lo haría, y si pudiera salvarla liberando a algunos y dejando cautivos a otros también lo haría. ¿Qué puedo hacer acerca de la esclavitud y la raza de color?, lo hago porque creo que ayuda a salvar a la Unión” (Abraham Lincoln. Carta a Horace Greeley. Washington, 22 de agosto de 1862.)

(4)  Una interesante obra de referencia que aborda esta cuestión es El nacionalismo negro en Estados Unidos, de Theodore Draper (1970).

(5)  Vladimir I.U. Lenin. Estadística y Sociología (enero de 1917).

(6)  The 1928 and 1930 Comintern Resolutions on the black national question in the United States.

(7)   Harry Haywood. The Struggle for the Leninist Position on the Negro Question in the United States (1933).

(8)   El nacionalismo de las Panteras Negras es, al igual que el resto de su producción teórica, inconsistente y tornadizo a lo largo de los años. Así, ese “destino de la comunidad negra” parece tener reminiscencias austromarxistas, pues recordemos que Otto Bauer, uno de sus mayores exponentes, definía el concepto de la nación sobre la base de una “comunidad de destinos”, independientemente del territorio o de la lengua (por supuesto, esto no quiere decir que si realmente existiera una nación negra, fuera ésta la que debiera elegir su destino nacional). Y es que los Panteras Negras, durante un tiempo basaban su nacionalismo negro en meros valores culturales, espirituales y étnicos, al margen del territorio estadounidense en el que se asentaran, pues los afroamericanos estadounidenses estaban diseminados por todo el país, defendiendo la realización de la nación negra, por encima de la lucha de clases (que ni siquiera mencionaban), y su constitución en un Estado negro. Otra corriente nacionalista negra imperante en el BPP era la que se basaba en la tesis del Poder Negro de Carmichael (el que fuera miembro de las Panteras), que defendía la “autoidentificación negra” y un control económico, cultural y político de la comunidad negra -definida en cuanto a cuestiones culturales, raciales y espirituales, como decíamos- a través de los propios negros, ligando así retazos de la autonomía cultural-nacional de la socialdemocracia austriaca y el comunitarismo e identificacionismo posmoderno, que de un plumazo borra toda cuestión clasista y particulariza la realidad en una amalgama de pequeños nichos abstractos (es curioso al respecto, cómo el revisionismo hoy sigue pronunciando esa visión compartimentada de una realidad totalizadora a la que, por un lado, sustituyendo la escuadra y cartabón por el materialismo dialéctico e histórico, le gusta segregar en cajones estancos -léase supuestas “naciones” o irrisorios “pueblos”-, y por otro, sustantiva cada una de las relaciones sociales que determinan al ser concreto, ofreciéndonos un tropel de supuestos “sujetos”, añadiéndole a cada cual a la manera de la burguesa ciencia distintos grados de “mayor” opresión, agravando la división del proletariado y, por consiguiente, incapacitando a éste para transformar una realidad globalizante). También llegaron las Panteras a defender la tesis de que la población negra estadounidense era una  “colonia” dentro del país (aunque apenas se apuntaba en qué se concretaba esa “colonia”, la cual en realidad no iba más allá de una identifiación con el concepto de una realidad opresiva y una fraseología romanticista, siendo un concepto en esos tiempos convertido en cliché); y en 1969, el pantera Bobby Seale defendió, en una Conferencia antifascista en Oakland, que el pueblo negro estadounidense era una nación no por el mero hecho de ser negro, sino porque “sufre esa misma opresión económica a que están sujetos; porque, en segundo lugar, tienen una característica psicológica básica (…); porque, tercero, ellos se explican lo que está ocurriendo; pues el pueblo negro comprende el genocidio; porque el lenguaje, la característica psicológica, las condiciones económicas y (cuarto) la localización geográfica en que el pueblo negro existe se definen como ghettos. (…) No nos basamos sobre el racismo. Entendemos el nacionalismo en los términos de lo que es una nación y comprendemos el internacionalismo” [citado en El nacionalismo negro en Estados Unidos, de Theodore Draper]. Esta definición, que parece beber claramente de las aportaciones de Stalin a la cuestión nacional, sigue en esencia la misma línea de aquellas que no ligaban la nación a un mismo territorio común (lo que no era posible, pues no existía éste) sino a los distintos núcleos aislados (ghettos), que además estaban en constante flujo y reflujo migratorio (y obviando que una gran parte de la población afroamericana no estaba en los ghettos urbanos del norte a los que se referían las Panteras), tomando esos pequeños microterritorios como los lugares desde donde se erigía la “nación negra”.

(9)   Eldridge Cleaver. On the ideology of the Black Panther Party (1968).

(10)  Ibíd.

(11) Huey P. Newton. Speech Delivered at Boston College: November 18, 1970 (extraído de The Huey P. Newton Reader).

(12) Huey P. Newton. Intercommunalism: February 1971 (extraído de The Huey P. Newton Reader).

(13)  Huey P. Newton. The correct handling of a revolution: July 20, 1967 (extraído de The Huey P. Newton Reader).

(14) Huey P. Newton. Speech Delivered at Boston College: November 18, 1970 (extraído de The Huey P. Newton Reader).

(15) “Pero es un error suyo encontrar una antítesis absoluta donde yo sólo establezco una gradación y señalo los límites de los últimos eslabones de esa gradación. Pues aparece toda una cadena, empezando por un puñado de personas que forman el núcleo rigurosamente clandestino y bien entrelazado de revolucionarios profesionales (el centro) y terminando por la ‘organización’ de masas ‘sin militantes’. Yo sólo señalé la orientación en el carácter cambiante de los eslabones: cuanto mayor sea el carácter de “masas” de la organización, menos definidamente organizada y menos clandestina debe ser; esa es mi tesis.” (Lenin. Carta a Smidovich, agosto de 1902).

(16) “Por lo que respecta a los distritos del centro y del Sur de Junán, donde el movimiento campesino ha tomado fuerza, el desarrollo de éste se puede dividir, a grandes rasgos, en dos períodos. El primero, comprendido entre enero y septiembre del año pasado, fue un período de organización. Dentro de ese período, los meses de enero a junio constituyeron una fase de actividad clandestina y los de julio a septiembre, cuando el ejército revolucionario expulsó a Chao Jeng-ti, una fase de actividad abierta. En ese período, las asociaciones campesinas no contaban con más de trescientos o cuatrocientos mil miembros, las masas bajo su dirección inmediata sumaban poco más de un millón de personas, apenas si había lucha en el campo, y, por consiguiente, en los demás sectores de la población casi no se criticaba a las asociaciones campesinas. Debido a que sus miembros servían como guías, exploradores o cargadores para el ejército de la Expedición al Norte, ocurría incluso que oficiales de este ejército hablaban en términos favorables de esas asociaciones. El segundo período, comprendido entre octubre del año pasado y enero de este año, fue un período de acción revolucionaria. El número de miembros de las asociaciones campesinas aumentó vertiginosamente a los dos millones, y las masas bajo su dirección inmediata ascendieron a diez millones. Ya que los campesinos, al ingresar en las asociaciones, generalmente inscriben sólo un nombre por familia, a los dos millones de miembros corresponde una masa de unos diez millones. Casi la mitad de los campesinos de Junán ya están organizados. Y en distritos como Siangtan, Siangsiang, Liuyang, Changshá, Liling, Ningsiang, Pingchiang, Siangyin, Jengshan, Jengyang, Leiyang, Chensien y Anjua, casi todos los campesinos han ingresado en asociaciones campesinas o se encuentran bajo su dirección. Contando con organizaciones tan amplias, los campesinos entraron inmediatamente en acción y, en el término de cuatro meses, realizaron en el campo una gran revolución nunca vista en la historia” (Mao Tse-Tung. Informe sobre una investigación del movimiento campesino en Junan, marzo de 1927.)

(17)  Eldridge Cleaver. On the ideology of the Black Panther Party (1968).

(18)  Es frecuente ver en los escritos de los Panteras una errónea visión del comunismo, el cual relacionan con la mera igualdad y “distribución de la riqueza” a lo que a veces añaden algún aforismo marxista de herencia saintsimoniana [Por ejemplo, Newton diría que “nos comprometemos en lograr el fin del imperialismo y distribuir toda la riqueza del mundo entre sus habitantes. Proponemos un verdadero comunismo donde la gente produzca de acuerdo a sus necesidades y reciba de acuerdo con sus necesidades” -citado en Nación Negra, Poder Negro, de José Manuel Roca-; en la nota 18 aparece otro ejemplo]. De lo que se trata, y Engels ya se lo criticó en parte a Dühring cuando en su estrechez de miras pretendía alcanzar una sociedad de nuevo tipo a través de una supuesta transformación de las relaciones de distribución sin tocar las de producción, es de revolucionar la totalidad de relaciones sociales burguesas, la transformación íntegra del mundo de acuerdo a la cosmovisión comunista.

(19)  Otra de las variantes que tomó, al inicio de los años 70, la corriente nacionalista negra de las Panteras fue aquella que Newton definió como “intercomunalismo revolucionario”. Éste se basaba en que las naciones desaparecían con el imperialismo, y solo existía un mero “Imperio” (Estados Unidos) que oprimía al resto de “comunidades”. Como decíamos, esta teoría bebe tanto del ultraimperialismo defendido por Kaustky (y rebatido por Lenin), como una nueva etapa del capitalismo en la que las potencias imperialistas se unirían, dejando sus rivalidades a un lado, y en el que la paz se advendría; como de la neokautskiana teoría del Imperio de Negri que sostenía que el imperialismo había desaparecido dando como resultado una “república universal” (Imperio) que sentaba las bases para la paz mundial, y en un nuevo estadio en que la clase obrera habia sido sustituida por el concepto de “multitud”. Por su parte, el BPP afirmaba textualmente:

“Ya no existe la nación, y desde los Estados Unidos, que son de hecho, un imperio, es imposible para nosotros ser internacionalistas. Estas transformaciones y fenómenos nos obligan a llamarnos intercomunalistas” (…) Al Partido de las Panteras Negras le gustaría dirigir a los pueblos del mundo en la era del “Intercomunalismo revolucionario”. Este sería el momento en el que las personas aprovecharan los medios de producción y distribuyeran la riqueza y la tecnología de una manera igualitaria entre las muchas comunidades del mundo. (…) Nosotros decimos que el mundo de hoy es una colección dispersa de comunidades. Una comunidad es diferente de una nación. Una comunidad es una pequeña unidad con un amplio conjunto de instituciones que existen para servir a un pequeño grupo de personas. Y decimos además que la lucha en el mundo de hoy es entre el pequeño círculo que administra los beneficios del imperio de los Estados Unidos, y los pueblos del mundo que quieren determinar sus propios destinos (…) El punto central del intercomunalismo es que ya no existen las naciones y que el mundo es más bien una colección de las comunidades interdependientes. (…) El punto de vista tradicional en el movimiento comunista había sido el de Harry Haywood, Stalin y la Kominterm, quien dijo que los negros constituían una nación independiente con el área del “Cinturón Negro” del sur de los EE.UU. como su territorio. Sin embargo, esto se convirtió en cada vez menos viable cuando un gran número de trabajadores negros emigraron y los ghettos florecieron en el EE.UU. urbano. Ahora ninguna zona consistente se reclama como un territorio nacional, algunos nacionalistas negros como las Panteras afirmaban que el suyo [el de los afroamericanos] era un caso de “colonia dispersa”. (…) Utilizando el método materialista dialéctico, nosotros, el Partido de las Panteras Negras vimos que Estados Unidos ya no era una nación. Era otra cosa; que era más que una nación. No sólo había ampliado sus límites territoriales, sino que se había ampliado a todos sus controles también. Lo llamamos un imperio”. [Huey P. Newton. Intercommunalism: February 1971 (extraído de The Huey P. Newton Reader)].

(20) En 1969, el director del FBI declaró al Partido de las Panteras Negras como la mayor amenaza interna para Estados Unidos, y éstas pasaron a ser uno de los objetivos centrales de su programa de contrainsurgencia COINTELPRO. El acoso violento por parte de sus agentes fue brutal y muchos tuvieron que exiliarse, decenas fueron asesinados por los asaltos policiales y cientos fueron detenidos.

(21) El revisionismo hegemónico patrio, en otro ejemplo más de su severa ceguera, y sin ninguna pretensión de realizar un balance mínimamente crítico sobre dicha experiencia,  definía a las Panteras Negras como “movimiento revolucionario”. http://www.tintaroja.es/internacional/735-ferguson-la-guerra-interna-del-imperialismoestadounidense

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